El rapto de la bestia

[...] Para no andarnos por las ramas tomemos el ejemplo de King Kong, el mono que por razones de peso más dificultades tuvo siempre para subirse a los árboles. El rey de los gorilas vivía respetado y temido en su isla, como un auténtico pachá. No padecía carestía de doncellas: en lugar de tener una novia en cada puerto, como ciertos marinos salaces del mar salada, él mismo se había convertido en el puerto final de las más exquisitas novias de la tribu que le veneraba. Todas morenas, hay. Como bien observó alguien, en aquella isla no abundaban mucho las rubias...hasta que llegó Fay Wray, porque enormes la única rubia de los alrededores fue ella. Pero para King Kong eso resultó suficiente: se le inauguraba un mundo nuevo, el paraíso imposible del deseo de lo insólito que luego siempre se convierte en infierno de lo inasequible. Puede que inasequible, debió decirse el animoso Kong, y sin embargo también yo soy inasequible al desaliento.

Pero ¿por qué una rubia resultó tan infinitamente preferible a las infinitas morenas de la ofrenda anual ( o mensual: ignoro la frecuencia del débito conyugal de Kong, pero le supondremos sometido a la luna llena del mes, hasta el punto de que sus novias, al verse arrastrada al poste del sacrificio, se lo explicaban así mismas diciendo: <Estoy con la monstruacion>)? Tranquilicemos a los irritables vigilantes de lo políticamente correcto: Kin Kong no era racista. Para él todas la mujeres pertenecían a la misma raza y esa raza era la raza de lo que le gustaba, precisamente porque no era la suya. Pero como a todo buen salvaje, diga lo que diga el moralista Rousseau, a Kong le apetecía lo nunca visto ni palpado, lo exótico, lo inédito. Si hubiese vivido en Escandinavia, se habría ido detrás de la única negraza que rompiera la monotonía blonda del paisaje. En los anuncios eróticos de los periódicos suelen ofrecerse jugosas compañías cuyo atractivo es regional: ¡gallega cachonda!, asturiana madurita, etcétera. Según parece se dirigen a nostálgicos que más que mal de amores padecen el mal de su país. Pues bien, nuestro Kong nunca hubiere picado. Leería gorila sumisa y diría para otro; ¿morena ardiente? de eso ya tengo; pero si se le ofrece una rubia ...a esa llamada desde su selva no podía dejar de responder.

¡Pobre Kong, mi semejante, mi hermano! Creyó que la preciosa novedad era para él y que era para siempre. Probablemente incluso estaba dispuesto a convertirse en un mono monógamo, no monógamo sucesivo, como había sido hasta entonces, sino monógamo definitivo y monoteísta de una nueva divinidad por la que estaba dispuesto gustosamente a renunciar a la suya. Creyó que para conservar una rubia bastaban los mismos ejercicios atléticos que con tanto éxito utilizaba para apropiarse de sus morenas: ajusticiarse a un tiranosaurio, estrangular a una serpiente gigante o aporrear concienzudamente a un pterodáctilo. Simples pero insuficientes monerías. Las rubias vienen de lejos y las carga el diablo. ¡Con qué dulce torpeza de su enorme índice fólico la fue desnudando en su mano, como quien va pelando una cebolla que pronto te hará llorar! Y ella mientras gritaba, gritaba irresistiblemente la muy mala, para ponerle aún más a punto. En el disparadero.

Tras la dama perdida, perdida desde que la vio porque el que estaba perdido era él, King Kong viajó dorado y cubierto de cadenas ¿podía ser de otro modo? hacia la otra jungla, la del asfalto, donde ya no le correspondía ser el rey. Sólo viajó una vez su vida, pero hizo el único viaje que cuenta: no el del turista ni el del explorador, sino el que tiene como meta reunirnos con lo que amamos. De ese viaje no suele volverse, pero eso es lo que menos importa. Frente a la multitud de mirones que rugía él también rugió su deseo inmenso y rompió sus cadenas: para que ella, sin cadenas de otros, le encadenase mejor...Hizo descarrilar los trenes de cercanías que transitan de la rutina al hastío, fracturó las ventanas tras las que esconde lo que más nos tienta, desafío a los aviones asesinos y todo lo hizo con brío y sin queja como los machos que no pueden ganar. Por fin allá arriba descubrió que ningún rascacielos, por alto que sea, llega hasta el cielo: sólo se sube a ellos para que la caída sea aún más dura, más solitaria. Entonces la dejó delicadamente en lugar seguro y la miró por última vez, como si la viera por primera vez. Tan rubia, tan chiquitina, tan mala, tan de todos los demás. Fue su único suspiro: ¡hay de mi Fay! Después, la guerra desigual y la muerte que todo lo iguala. Al final de su ensayo El mito de Sísifo, Albert Camus asegura que debemos imaginarnos a Sísifo feliz en su condena eterna. También yo imagino feliz a King Kong mientras caía del Empire State, porque esos malvados amores que matan son los únicos que hacen de veras vivir.

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