Indigestión Espiritual


Era un ser hambriento de enseñanzas, doctrinas, textos sagrados, claves iniciáticas y tradiciones místicas. Durante años se había dedicado sin cesar a absorber conocimientos espirituales, aunque no practicaba. Era un gran erudito en religiones, vías espirituales, doctrinas metafísicas y enseñanzas místicas. Pero como él mismo comprobaba, apesadumbrado, que no se producían cambios en su interior, acudió a visitar a un maestro muy humilde, que era conocido por su sencillez, su vida de pureza y su falta de conocimientos metafísicos. El buscador puso al corriente al mentor de su insaciable sed de conocimientos místicos y de su larga búsqueda espiritual. Entonces el maestro les pidió a sus discípulos que le dieran de cenar al recién llegado. Comenzaron a sacarle platos y platos de comida. El maestro le decía:
-Come, come. No dejes de saborear estos ricos manjares.
Y seguían ofreciéndole más y más platos, hasta que el buscador, a punto de estallar, sin poder tomar ni un bocado más, dijo:
-Por favor, no puedo más. Me he atiborrado. No podré digerir tanta comida.
-O sea -dijo el maestro-, que si te esperase ahora el bocado más sabroso y nutritivo, ¿no podrías tomarlo?
-Imposible, imposible -dijo enfáticamente el saciado-. Aunque fuera alimento celestial. El maestro se quedó pensativo durante unos instantes. El visitante se sentía muy mal, con una enorme pesadez de estómago. El mentor dijo:
-La peor indigestión no es la que ahora padeces, sino la que te produce el caudal de conocimientos y doctrinas que te has tragado durante años. Así no puedes recibir ninguna enseñanza más. Tienes que hacer la digestión. Tardarás unas horas en digerir la comida que te hemos procurado aquí, pero meses en asimilar la otra. Así que durante meses lo único que te pido es que te dediques a labores domésticas y de ocio, y no ingieras ni una pizca más de alimento espiritual. Cuando lo hayas digerido, tras un largo y necesario ayuno, se te dará el alimento conveniente y justo. 


Comentario
 
Quizá todos deberíamos observar un ayuno mental. Al igual que el ayuno físico limpia los intestinos y purifica el cerebro, tal vez sería oportuno que cuando nos hemos atiborrado de cultura, conceptos, ideas filosóficas y metafísicas, decidiéramos llevar a cabo un saludable e higienizante ayuno de tipo mental. La denominada «meditación del silencio» es un magnífico ayuno de la mente, porque no se trata de ingerir, sino de vaciar. También es una ejercitación óptima llevar a cabo trabajos manuales sin que la mente divague y por supuesto ejercitar de vez en cuando la técnica que se conoce como la «sabiduría espejada».
 
El espejo refleja con toda habilidad, pero no juzga, no persigue a la imagen cuando se marcha, no retiene, no aprueba ni desaprueba, no reflexiona ni se pierde en ideas, no conserva y siempre está limpio.
 
Por naturaleza, la mente es básicamente un espacio silente e incoloro. Como aconsejaba Tilopa para la práctica de un tipo de meditación: «No analices, no reflexiones, no pienses; mantén la mente en su estado natural». El pensamiento es movimiento, afán, tiempo y espacio, deseo y aversión, ego, preocupación y ocupación. Pero hay un lado en la mente que es inmóvil, sereno y perfectamente silencioso. Accediendo a él, nos limpiamos. Todos los días deberíamos ejercitarnos unos minutos en practicar el ayuno mental. Durante unos minutos se deja el mundo fuera de nosotros, porque no se va a parar por ello, y luego lo recuperaremos. Nos acallamos, remansamos y ayunamos. Muchos venenos se eliminan; muchos tóxicos se disuelven; mucha ignorancia y alienación se supera. 




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